Plataforma Sarriana polo Río

Siempre se había dicho que Sarria era un pueblo emprendedor y hermoso viéndolo lleno de vida y envuelto en alegría y vitalidad, con su casco antiguo y el resto de la villa repleta de árboles por sus calles y por sus ríos, con sus hermosos chalets rosados que aparecían al doblar cada esquina; pero ya no parece ser así sino pueblo adormecido o derrotado si se quiere, y en el que sólo queda un trozo del viejo barrio antiguo algo desfigurado y la pronto desaparecida ribera del río que le dio nombre a Sarria.

Apenas se descubre que las circunstancias han tenido tiempo de desgastarnos, que tal como surgía su energía, se han ido hundiendo y desmoronando, tanto sus gentes como sus barrios más entrañables. La belleza de su modesta arquitectura y del valle se ha ido ocultado bajo no sé qué síndrome de civilización embutida en cemento, sin que asomen ni los recuerdos del pueblo que era.

Y luego la frondosa cabellera de castaños, robles, alisos y otras mil castas de árboles protegiendo nuestros ríos y cubriendo el valle daban al paisaje y al pueblo su carácter. Y así atraía a sus brazos. Era un paisaje habitable, sí, y que seducía hasta al más abyecto de corazón, generando “morriñas” y “saudades”. Era una villa humanizada que muchos sentíamos como la capital del mundo.

Y de todo ello la sensación y el desasosiego de que la modernidad ha derrotado a Sarria, que como crecía y ya no cabía en ella ha tenido que verterse fuera, más por fuerza que por gusto y es que, como hoy nos dice la prensa, ya llevamos 3 años, sino más, emigrando.

Éste era un pueblo que debería moverse más a conservar lo heredado que no a aventurarse en nuevos minimalistas urbanismos “IKEizAntes” pero así es nuestra codicia y nuestra ambición.

Algo ha debido de cansar a nuestras gentes, que rehuimos luchar y nos adaptamos y acomodamos. Había vitalidad en Sarria.

Sólo esperemos que nos quede algo de rebeldía, de protesta contra la autoridad, que nos quede algo de coraje, que nos infunda esperanza de que nuestro cansancio sea pasajero, que despertando de nuestra sumisión podamos salvar nuestro río.

Me gusta nuestro río, sí, el río tal como está, esas riberas de chopos que a veces se caen, y esas aguas llenas de vida, sin embutir en cemento, que a veces nos hablan y que ahora creo que nos dicen:

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